¿La indiferencia de las buenas mujeres?

Hoy he visto el enlace a un post en el que un hombre se quejaba de que su pobre padre, tras volver del trabajo, no podía relajarse delante del televisor con una cerveza sino que tenía que responder a las peticiones de la mujer y de sus hijos. Si he de ser sincera, el texto me ha dado tanto asco que no me lo he leído entero, pero básicamente defendía la postura de “con trabajar ya he cumplido” del macho ibérico que tiene familia porque hay que tenerla, pero lo de quererla y comprometerse con ella ya tal.

Y el imbécil ese, que se piensa que tener un trabajo de ocho horas con el que traer dinero a casa es una hazaña digna del inventor de la rueda, me ha inspirado para hablaros yo también sobre el tema:

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Hazte a la idea de que eres una mujer de veintitantos años. Tienes tus intereses, tus amigos, puede que tus estudios o tu trabajo, y un día sin venir a cuento te da por vestirte de blanco, meterte en un edificio muy grande con un montón de gente mirándote, un señor de blanco hablando de no-se-qué de la vida eterna, y un tipo de negro a tu lado que tiene una sonrisa que ni que fuera a mojar ese día.

Al principio eres felicérrima haciéndole comiditas a tu esposo y jugando a las amas de casa. La novedad es refrescante, y aunque tengas menos tiempo para ti porque no hay manera de mantener la casa en orden, la ropa limpia y la comida lista a la hora que toca a la vez que sigues trabajando y manteniendo tus amistades e intereses, sientes que es correcto que hagas lo que haces.

Un día tu abdomen empieza a hincharse. Tus tobillos se inflaman, tu pelo se estropea, la piel de tu cara se llena de psoriasis, y tu abdomen sigue creciendo hasta hacerte la vida cotidiana casi insoportable. Y luego, meses después y sin avisar, de él sale una personita pequeña, junto con un montón de cosas desagradables, mucho dolor, y un hasta nunca a tu figura de reloj de arena.

La personita es encantadora. La adoras. Pero requiere cuidados constantes, no puede quedarse en casa sola mientras sus padres trabajan. Así que dejas tu trabajo para cuidarla. Porque lo ves natural. Porque sientes que es correcto que lo hagas. Voy a ser la que cuide de la personita que ha salido de mi cuerpo, voy a cuidar de la casa, de mi familia, de mi esposo. Es mi deber como esposa y madre.

Pero la cosa no evoluciona como pensaste. Con tu figura de modelo de pasarela perdida para siempre por la maternidad, tu marido empieza a perder interés en ti. De pronto cuando vuelve del trabajo lo único que quiere es sentarse delante del televisor con una cerveza hasta que la cena está lista, cuando no se queda con sus amigos directamente hasta que le entra hambre y llega a casa exigiendo un plato de comida. De pronto te ves confinada entre cuatro paredes, sin contacto con nada del mundo que no sea un bebé gritón, limpiar la casa, y cocinar. Dejas de relacionarte con gente de tu edad; dejas de relacionarte con gente en general. Conforme tu hijo crece es más difícil controlarlo: Se revela, te denigra, se ríe de ti por ser una ama de casa insignificante sin trabajo. Tu marido se desentiende de ti y de su hijo “porque con traer dinero a casa ya cumplo. Yo tengo derecho a tener una vida, os mantengo a vosotros”.

Sí, traer dinero a casa. No limpiarla, mantenerla, cuidar de los que la habitan, gestionar el dinero para que en ella nunca falte de nada.

No, traer el dinero.

Tu vida son cuatro paredes. Tus seres queridos te desprecian por lo que haces – que solamente es conseguir que la casa no se venga abajo –. No tienes amistades. No tienes tiempo para ti. No tienes ni idea de cuales eran tus intereses, porque desde hace años todo lo que has hecho ha sido cuidar de tu marido y tu hijo. Las únicas personas con las que tratas son otras madres, en tu misma situación, que también han olvidado lo que eran ser personas, y con las que solo hablas de tu hijo. Y ellas de los suyos. Ni ellas te escuchan ni tú a ellas; no son tus amigas, no son tus compañeras de trabajo. Solo son cascarones vacíos, similares a lo que tú misma te estás convirtiendo.

Tu marido te recrimina que ya no te arreglas, cuando pasas tantas horas al día trabajando que el maquillaje se ha convertido en una pérdida de tiempo, y los vestidos ajustados un estorbo a la hora de limpiar los estantes altos. Tienes que tener el desayuno listo antes de que ellos se levanten, y tienes que fregar los cacharros de la cena después de que ellos se acuesten. No duermes pensando en cómo estirar el exiguo sueldo de tu marido para que ni él ni tu hijo noten que apenas tenéis para pagar la casa y comer. No puedes compartir tus miedos, ni tu pesar por el desprecio del que eres objeto por parte de tu hijo, porque tu marido se ha desentendido totalmente de los problemas familiares, cada vez llega más tarde a casa para no tener que hablar contigo, y pasa los festivos dios sabe dónde para no tener que aguantarte. Para él eres un estorbo. Él hace suficiente trabajando ocho horas al día de lunes a viernes, está muy agobiado con sus cosas, él es importante, él “sustenta” a la familia, y tú, que no eres nada, siempre le vienes con exigencias.

Tu vida son cuatro paredes. Tu vida es trabajar todo el día. Tu vida es que nadie te valore. Tu vida es que se te desprecie y se te recuerde constantemente que has fracasado como persona. No eres importante. Solo la mujer que con su trabajo consigue que la normalidad sea la tónica general en la casa.

No eres nada.

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2 pensamientos en “¿La indiferencia de las buenas mujeres?

  1. Podría compartir el sentido de tu post, es más, podría estar de acuerdo en muchas cosas, pero hay un problema: la exageración y la generalización acaban restando credibilidad al discurso. Soy marido, padre y, obviamente, hombre y no me veo reflejado en el retrato que haces. Por suerte trabajo fuera de casa, de la misma forma que mi esposa/compañera lo hace en casa. Ambos también trabajamos en casa y peleamos por sacar adelante a nuestras hijas. No me gusta reprocharle nada, menos aun hacer de menos a la persona con quien comparto mi vida desde hace casi 20 años, y a pesar de ello todos discutimos y eso nos hace más humanos. Es posible que ella, tras dos embarazos no tenga las “carnes prietas”, pero yo tampoco a pesar de cuidarnos, si que eso haya supuesto que me tenga que buscar nada fuera, nada como un buen rato de arrumacos y sexo con mi pareja, el problema es que la edad no perdona y las ganas, tras el cansancio del día, menguan.
    Por otra parte el trato a tu pareja, la capacidad de empatizar con sus anhelos y necesidades no depende del sexo de la persona, depende de ésta.
    No me considero machista y quienes me conocen saben que odio todos los “ismos” en lo referido a las relaciones interpersonales, me he criado en una familia en la que todos gozábamos de idénticos derechos y obligaciones, con un padre poco dado a salir sin su familia y una madre que actuaba de la misma forma, por ello no me gustan las generalizaciones y, cuando nos referimos a personas como las que se reflejan en tu post, lo ideal es poner negro sobre blanco que hablas de casos concretos, no de todo el mundo.
    Un abrazo.

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    • Me parece muy interesante tu comentario, José Carlos. Y, por supuesto, no dudo que habrás escrito uno similar en el post original que motivó la aparición de este, y el cual está enlazado al principio de la entrada.

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