Tú lo llamas privilegios, yo lo llamo “eres gilipollas”

Siempre me ha parecido monstruoso que el sistema obligue a los niños a decidir su carrera profesional a los 16-17 años. A esa edad uno no sabe ni qué ropa ponerse por las mañanas, ¿cómo va a ser capaz de decidir a qué quiere dedicarse durante el resto de su vida?

Dentro de lo que cabe, yo tuve bastante suerte. Estudié informática, carrera que me gustó bastante, profesión que me gusta mucho, y trabajos que en España dan bastante asco, pero que son de los que más están aguantado el tirón de la crisis.

Actualmente cobro menos que en mi primer trabajo, con unas atribuciones cuatro categorías profesionales por encima de aquel empleo, pero con el contrato laboral – que está hecho en fraude de ley – falseado para “estar” dos categorías por debajo de mi verdadera función; lo que en el fondo da igual porque en España si no eres jefe de proyecto eres un picacódigo más, pero bueno, la nomenclatura está bien sabérsela. Llego a fin de mes, si bien muy justa, y he dado con el único empleo en toda España en el que a un informático le pagan las horas extra. También tengo unos horarios bastante flexibles, dentro de las 40 horas semanales, y tres días a la semana estoy en la calle como muy tarde a las cuatro. En conjunto es una mierda, pero es bastante mejor que el resto de los trabajos que he tenido a lo largo de los años.

Hace unos días estaba meditando sobre si buscar un trabajo mejor pagado y renunciar al tiempo libre que me da mi horario actual, o quedarme con mi horario y mi sueldo que apenas me dan para llegar a fin de mes. Al hablar del tema con la familia, alguien me soltó a la cara que yo era una “privilegiada” por tener esos sueldo y horario.

Soy una persona con una tolerancia bastante baja a las gilipolleces. Muy baja. Tanto que cuando me dijeron que yo era una privilegiada, del esfuerzo por no responder con una bordería enorme, por aquello de que estábamos en familia y de celebración, me dio dolor de cabeza.

Siempre me ha parecido curioso cómo nos han lavado el cerebro desde pequeños para que el vecino del quinto, que apenas llega a fin de mes pero que vive ligeramente mejor que yo, sea un privilegiado, pero los políticos que cobran millones en negro, apenas trabajan a cambio de sueldos exorbitados con dietas hasta por respirar, y sus familiares varios colocados a dedo de la misma forma, no es que no lo sean, es que ni se piensa en ellos.

Que porque yo tenga solo una carrera, el hecho de que absolutamente todo lo que tengo – que es bien poco – haya tenido que pelearlo hasta la extenuación pasa desapercibido ante el hecho de que mi trabajo es ligeramente mejor que el de alguien con dos carreras y dos masters.

Que la envidia y el “igualar por abajo” sean la constante me da asco y pena a partes iguales porque, vamos a ver, si yo soy una privilegiada siendo una mierdas, joder, según ese razonamiento ¿alguien con dos carreras no podría conseguir un trabajo mejor si en vez de perder el tiempo metiéndose conmigo, no sé, dedicara esa energía a mejorar su vida?

Mi país me da mucho asquito porque cosas como “conciliación de vida laboral y personal”, que son derechos fundamentales de todo trabajador, son vistas como un privilegio, y se mira con asco a quien las tiene en vez de intentar que las tengamos todos. Me genera mucha aversión que el valor de una persona, o lo que se merezca en la vida, se mida en relación a su nivel de estudios, o en última instancia a cuánto dinero tuvieron sus padres para pagarle estudios. Me cuesta cada vez más trabajo tener que explicar que si nos seguimos dejando bajar los pantalones “porque un trabajo es un trabajo”, al final no vamos a tener ni pantalones ni trabajo. Que está muy bien tener una familia de la que cuidar que haga que no puedas plantarte ante el jefe y decir “hasta aquí hemos llegado”, pero si aguantas cualquier cosa, incluido que te quiten derechos que te pertenecen, piensa por un momento en la vida que van a llevar tus hijos porque tú no fuiste capaz de luchar por SUS derechos laborales.

Hay una viñeta por internet que me viene a la cabeza ahora, de un niño y un padre, en harapos y en la calle, pidiendo. La frase la dice el niño, y es: “Papá, y mientras nos quitaban sueldos, trabajo, derechos, y dignidad… tú qué hacías?”

Pues alguno que otro estaba acatando las órdenes del patrón sin decir nada por miedo a perder el trabajo, mientras llamaba privilegiados a los que a base de luchar conseguían un poquito más que él.

¿En serio un trabajo donde te humillan, te explotan, se saltan la ley para poder escatimarte dinero tanto mes a mes como en el finiquito, te bajan el sueldo cada vez que pueden, y te mandan a tomar por culo a la que consiguen contratar a alguien más barato merece que te humilles hasta ese punto? ¿Realmente cuatrocientos euros al mes a cambio de renunciar a tu dignidad como persona merecen la pena? Si el sueldo no te da para vivir, si vas a acabar igualmente en la calle, si incluso podrías estar cobrando más en el paro mientras tienes tiempo para buscar otra cosa… ¿Tienes la valentía de decirme que mejor aguantarse y tragar con lo que haya que plantarse e intentar mejorar tu situación?

Y mientras afirmas todo eso, ¿encima tienes los cojones de llamarme a mi privilegiada por, a base de plantarme ante los jefes, de poner demandas, de estar a punto de acabar en la calle varias veces, tener una mínima parte más que tú?

Hay que ver qué cojonazos que tienes.

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