Otro curro que se va…

Este viernes acaba mi relación laboral con mi actual empresa.

Han sido dos años agridulces trabajando en un edificio de la seguridad social, en un proyecto de la seguridad social, pero contratada por empresa privada. Ha salido ya en los medios, pero por si acaso lo comento: El INSS, desde hace tiempo, subcontrata a empresas privadas sus proyectos de informática, y a su vez la empresa que tiene el contrato para la aplicación de citas y expedientes de la SS ha subcontratado a otras empresas para que le cedan trabajadores (cinco diferentes he llegado a contar), y una de esas empresas es la que me contrató a mí.

Los funcionarios del edificio no están contentos, y lo manifiestan puteándonos – a los curritos, no a nuestros jefes –, vigilando nuestros movimientos y chivándose a los jefes a la mínima, llegando incluso a forzar el despido de trabajadores por ponerse los cascos para escuchar música en el trabajo. A día de hoy, en mi departamento está prohibido usar cascos, está seriamente contraindicado ir al baño más de una vez cada tres horas, si quieres bajar a la expendedora “mejor solo una vez al día, y tomando este desvío para que no te vean los funcionarios”, te ganas toques de atención si hablas alto en horas de trabajo – aunque sea de temas del propio trabajo –, y te amonestan por subir y bajar a la cafetería a por un café para llevar dos veces en el mismo día.

Por algún motivo que no entiendo, los contratados directos de la empresa que tiene la contrata tampoco están contentos. Se reparten entre ellos los puestos de mando, impiden el ascenso de los subcontratados de segundo orden, si alguno de ellos les cae mal no dudan en echarle, y manipulan los presupuestos para contratar a gente de “bajo perfil” por menos de lo planeado para quedarse ellos con la parte que sobra.

A los subcontratados de segundo nivel nos dicen que debemos estar contentos. Es un trabajo fácil, dicen, con un horario privilegiado, dicen – tenemos el horario de los funcionarios del edificio, al menos en teoría, porque el horario de los funcionarios de este edificio es llegar a las 8 y pasar el día en la cafetería –. Dicen que debemos estar agradecidos de tener un trabajo con un sueldo de mierda, la mitad de la cual te roban las empresas intermediarias y una cuarta parte te roban ellos manipulando los presupuestos. Que tenemos que dar gracias de tener la suerte de poder hacer nuestras 40 horas semanales con tres días de jornada intensiva, cosa que nos fuerza a hacer 11 horas de trabajo los dos días que quedan, pero eh, ¡tres días de la semana salimos a las tres!.

Yo no estoy contenta. Lo estaba cuando entré, no obstante, porque le caía bien a los jefes y aunque el sueldo no me daba para llegar a fin de mes al menos el horario me dejaba tener un poquito de vida fuera del trabajo, y los jefes estaban encantados con mi rendimiento y con lo lista que era.

Dejé de estar contenta cuando tras un año en la empresa, por motivos desconocidos para mí, empecé a caerle mal a todos los mandos intermedios.

Esto lo sé por tonterías como las siguientes: Que mi jefa directa no me mandara tarea durante dos meses pero en las reuniones de resultados se quejara al jefe de proyecto de que trabajaba muy lenta, se me respondiera con borderías cada vez que abría la boca, se negaran a contestarme dudas o a ayudarme con tareas, me dijeran abiertamente que era una incompetente y que nadie quería trabajar conmigo, se tomaran la libertad de “darme consejos sobre mi estado de ánimo” sin tener ni idea de mi vida privada y sin que yo se lo hubiera pedido, fueran aislándome poco a poco del trabajo de grupo condenándome al ostracismo, o postergaran indefinidamente las revisiones de mis tareas para que a ojos de los jefazos diera la impresión de que no hacía nada.

El jefe de proyecto se fue hace tres meses. El jefe de proyecto era un buen tío, al que no caía ni bien ni mal, que no dejaba que el resto hiciera y deshiciera según quién le cayera bien o mal. Mientras el antiguo jefe estuvo a la cabeza del proyecto, los mandos medios no pudieron hacer más que hacerme la vida imposible. Mientras yo siguiera rindiendo era intocable.

Hace tres meses la situación cambió, claro. En la primera reunión con el nuevo jefe de proyecto, cuando todo el mundo se fue, me hicieron quedarme a mi sola un rato más. Me dijeron que estaban hartos de mí, que ningún jefe me quería en su grupo, que no pensaban seguir tolerando mi hostilidad, y que si no cambiaba tanto mi rendimiento como mi actitud ni se lo iban a pensar dos veces para echarme.

Yo sabía perfectamente que no me iban a dar “una segunda oportunidad”, pero aun así decidí hacer la prueba: Durante tres meses he sido un encanto, he ayudado a todo el mundo, he subido mi rendimiento hasta ser la que más tareas saca al mes, me he interesado activamente por mejorar la aplicación, y en general me he dado muchísimo asco. Todos los trabajadores “de bajo perfil” (en serio, es así como nos llaman “los de alto perfil”, o sea, los jefes) estaban convencidos de que iba a seguir en la empresa, dado el cambiazo que había dado y lo contentos que estaban todos de un tiempo a esta parte.

Este martes me llamaron a reunión otra vez, me soltaron el mismo discurso de que cada vez que toco algo rompo otra cosa, que nadie quiere trabajar conmigo, que soy intratable, que ya me han dado dos años de oportunidad y que están hartos, y que si por ellos fuera el mismo martes estaba ya en la calle.

Eso no me dejó muy contenta.

Tampoco estaba contenta con las condiciones del edificio: El agua, pese a ser “potable”, tiene tal cantidad de hierro que se desaconseja seriamente beberla, así que tenemos que comprar agua embotellada si queremos beber en el trabajo. Hace unos meses pusieron unas garrafas de agua para suplir este defectillo. Tres por planta. Las cambian martes y jueves. Según las cambian, los funcionarios rellenan sus botellas de dos y tres litros y las vacían en una media hora. A los no funcionarios no nos dejan ir a otras plantas a rellenar nuestras botellas en sus garrafas, y nos llaman la atención si nos ven usar botellas de más de medio litro.

El horario de trabajo es a partir de las 7:30 hasta las 16:00 los lunes y miércoles, las 19:30 los martes y jueves, y las 15:30 los viernes. Si llegas antes o sales después, el tiempo que pases trabajando no te cuenta como trabajado. Si trabajas más de 8 horas y media seguidas, a partir de ese momento lo que trabajes no te cuenta como trabajado. Al fichar para ir a comer, aunque tardes 5 minutos, el fichaje de vuelta no te contará hasta pasada media hora. Ha habido meses que he tenido que recuperar horas que no debía, pero que no había hecho “en horario laboral”. Eso tampoco me hace sentirme contenta.

Hace tres meses, al irse el jefe de proyecto, en su lugar contrataron a una chica “de bajo perfil” que cobra 12.000 euros anuales por un trabajo de analista programador. No contrataron a nadie más. La decisión de contratar a esa chica fue del gestor, junto con el nuevo jefe de proyecto. Nadie sabe a dónde se ha ido el resto del sueldo que cobraba el anterior jefe.

Eso tampoco me hace feliz.

Mi contrato es por obra y servicio, para poder pagarme la menor cantidad posible de dinero por indemnización de despido cuando me echen. Alegan fin de obra y a tomar por culo. Pero no es fin de obra, entre otras cosas porque en mi proyecto hay otra chica de mi misma empresa que sigue trabajando allí, y si fuera fin de obra también la habrían echado porque habría significado el fin del proyecto. Eso quiere decir que si quiero que se me pague lo que se me debe sin que la empresa se ría de mí, tendré que firmar el despido como no conforme y liarme – otra vez – a visitas a abogados, a consultas a sindicatos, y a ir a juicios. Como no me gusta robar a los demás, no me gusta que me roben a mí; tener que liarla parda para evitar que me roben me hace sentir aún menos contenta.

Así acaban dos años de relación laboral. Con un año de acoso laboral, un despido plagado de insultos personales, y un fin de contrato ilegal. Me siento insultada, vejada, mi vida personal se ha visto afectada por el acoso al que me he visto expuesta, seguramente necesite apoyo psicológico para salir de la depresión que me ha causado un año en este ambiente de trabajo – apoyo que no podré pagar por la privada y que no podré conseguir por la pública, dicho sea de paso – y lo único que he hecho para merecerme todo esto ha sido caerle mal a una serie de personas que no saben manejar puestos de responsabilidad, no saben separar lo personal de lo profesional, se creen mejores que la gente que cobra menos que ellos y, visto lo visto, son gente mala en general.

Mañana es mi último día aquí. Recogeré mis cosas, no intentaré tocar el proyecto porque mis compañeros serían los que se comieran el marrón de arreglarlo y contra ellos no tengo nada, y me iré. En mi lugar contratarán a alguien que cobre la mitad que yo, seguramente falseando las cuentas para que el gestor y el jefe de proyecto se queden con lo que no se gaste, y la vida seguirá en la gerencia de informática de la seguridad social, esa que los funcionarios ”saben” que va mal por culpa de los trabajadores subcontratados de segundo nivel.

Todo esto se perderá como lágrimas en la lluvia.

Pero es el tipo de cosas que una necesita vomitar para que no se le pudran dentro.

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2 pensamientos en “Otro curro que se va…

    • A estas alturas yo solo espero que cuando las cosas empeoren de nuevo, porque lo harán, Adrián haya conseguido algo mejor pagado… Que no lo hará, pero soñar es gratis.

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